Conspiración de La Escalera

Historia, Política, Cuba

Conspiración de La Escalera. Supuesta conjura abolicionista, usada como pretexto por las autoridades coloniales españolas de Cuba, para reprimir en 1844 a los esclavos y a los elementos abolicionistas.

Los inicios de la década del 40 del siglo XIX continúan la época de auge de la plantación esclavista azucarera, sostenida por el acrecentamiento numérico de las entradas de esclavos en Cuba, junto con las presiones internacionales sobre la dominación española y el mantenimiento de la trata y de la propia servidumbre.

Desde antes, el gobierno británico impulsaba el abolicionismo para tratar de lograr el renacimiento de sus posesiones antillanas frente a la competencia cubana, mientras que en Estados Unidos, atenazado por el conflicto entre el sur esclavista y el norte abolicionista, aumentaba el interés por anexar la Isla e inclinar la balanza en favor de los estados sureños. En 1840 aumentaron las presiones de los británicos sobre Madrid hasta obtener el nombramiento del general Gerónimo Valdés, considerado un simpatizante de la abolición, como capitán general, mientras que David Turnbull, a propuesta de la Sociedad Abolicionista Inglesa, era designado cónsul y superintendente de libertos en La Habana.

Valdés modificó su punto de vista y se alineó a los plantadores cubanos, ante sus protestas por las acciones del cónsul y sus amenazas anexionistas. Turnbull fue expulsado de la Isla en 1842, tras la detención de varios abolicionistas blancos y negros libres, acusados de promover insurrecciones de esclavos. Desembarcó ese mismo año por Gibara acompañado de varios negros, luego fusilados, fue detenido y deportado desde La Habana.

Según el cónsul y sus agentes, en Cuba conspiraban por separado un grupo de independentistas blancos y otro de libres de color. Los primeros, no favorecían la  abolición, mientras que los segundos sí aspiraban a ello. Al parecer, hacia 1843 los negros y mulatos libres se acercaban a los esclavos; su líder era Luis  Gigot, Gigaut o Gigaud, nieto de suizos educado en Europa, muy vinculado a Turnbull y a prominentes personas libres de color radicadas en Matanzas como los poetas Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), Francisco Manzano, y Miguel Flores, incluidos todos a posteriori en la causa por la conspiración de La Escalera.

El ambiente se tornó particularmente turbulento en el occidente azucarero y esclavista del país hacia 1843, al estallar insurrecciones de esclavos, como las de los siervos de los ingenios Alcancía, La Luisa, La Trinidad  y La Aurora, del cafetal Moscú y el potrero Ranchuelo, y de los que construían el ferrocarril entre Cárdenas y Bemba (hoy, Jovellanos). Todas fueron sofocadas por la fuerza militar colonialista. En octubre de ese año, España envió al general Leopoldo O’Donnell, uno de los principales  políticos del gobernante partido Unión Liberal, quien expresó pública y sistemáticamente su aprecio y cercanía con la burguesía azucarera, y reprimió con  mano de hierro toda la agitación social. Las posteriores rebeliones de las dotaciones de los ingenios Triunvirato y Trinidad fueron aplastadas con numerosas ejecuciones.

En enero de 1844, las autoridades anunciaron el descubrimiento de una amplia conspiración de esclavos de La Habana y Matanzas, llamada de La Escalera por la historiografía, pues los acusados eran amarrados a una escalera para ser golpeados. Se adujo que el capitán general recibió noticias de que una esclava del ingenio de Esteban Santa Cruz de Oviedo, en Matanzas, había confesado acerca de un vasto plan de sublevación que estallaría en la Navidad de 1843, para asesinar a todos los amos blancos, y que, por otras fuentes, el propósito era poner la Isla bajo la protección británica.

Se estima que aquella fue la más terrible represión de la vida colonial cubana, pues varios miles de personas fueron encausadas y condenadas, muchas de ellas sometidas a crueles suplicios y varios cientos resultaron ejecutados o murieron en la cárcel o por las torturas.   

Los objetivos represivos se alcanzaron plenamente. Se trataba, por un lado, de detener el auge de las insurrecciones de esclavos, caracterizadas cada vez más por su organización y masividad. Por otro lado, se pretendía cortar la presencia social y la  influencia de la numerosa clase de negros y mulatos libres del occidente de la Isla, una especie de pequeña burguesía con negocios propios y personalidades reconocidas por su cultura e influencia, defensores en muchos casos del abolicionismo, las ideas liberales, hasta de la independencia, y portadores de un fuerte sentido de identidad cubana. Y, finalmente, se quería atemorizar a la intelectualidad blanca liberal, abolicionista y que pedía reformas del sistema colonial, y se deseaba, además,  hacer confluir a la población blanca en el miedo al negro y en el apoyo al sistema plantador y a la aristocracia que lo detentaba.

En Matanzas, por ejemplo, el 71 % de los más de 3 000 detenidos eran libres de color, la cuarta parte eran esclavos, de los que el diez por ciento trabajaban en las plantaciones, y sólo alrededor del 3 % eran blancos.

La mayoría de los ejecutados eran esclavos y gente  libre de color, como Plácido; Santiago Pimienta, dueño de tierras y esclavos; Andrés Dodge, dentista educado en Londres; Jorge López, pintor y teniente de las milicias de pardos; Miguel Román, dueño de una academia de música,  y Pedro de la Torre, músico y sastre.

Entre los blancos, fueron encarcelados Manuel Castro Palomino y los escritores Félix Tanco y Manuel Martínez Serrano, personalidades de la sociedad intelectual matancera, mientras que Benigno Gener y los maestros Eusebio y Pedro Guiteras tuvieron que ocultarse. El prestigioso educador  José de la Luz y Caballero y el promotor de las letras y la cultura en general, Domingo del Monte, que se hallaban en el extranjero al abortarse la conspiración, fueron involucrados, y a su regreso sufrieron amedrentaciones, aunque no se les condujo a prisión. Dos obras de la reconocida escritora residente en Madrid, Gertrudis Gómez de Avellaneda, las novelas Sab y Dos mujeres, fueron censuradas por sus mensajes abolicionistas.

Junto a la brutal represión, el gobernador O’Donnell tomó disposiciones para mermar la influencia social de los negros y mulatos libres. Así, ordenó desarmar las milicias de color y sustituirlas por tropas  peninsulares, expulsó a las personas libres de color no nativas de la Isla y obtuvo una real orden que prohibía el regreso de aquellos y de esclavos emancipados a la isla.

Los estudios más recientes coinciden con la visión tradicional de la historiografía en cuanto a que no hay evidencias de una conspiración abolicionista de alcance regional o nacional, aunque sí es real que existía un ambiente de rebeldía creciente entre los esclavos, tanto los urbanos como los rurales, azuzados por las acciones secretas de los  agentes británicos, la propaganda abolicionista dentro de Cuba, y las acciones de los enemigos del colonialismo. Lo cierto es que la feroz e inmisericorde represión aterrorizó a los esclavos, quebró el desarrollo de la pequeña burguesía  de negros y mulatos libres, y provocó el cierre de filas de buena parte de la aristocracia blanca, tanto plantadora como comercial, en torno al gobierno español y en defensa de la esclavitud.

 

Bibliografía

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