Grupo de los Once

Artes Visuales, Cuba

Los Once (1953-1955). Grupo cubano conformado por siete pintores y cuatro escultores, cuyo nombre estuvo determinado por el número de participantes en la primera muestra conjunta realizada en la galería La Rampa en abril de 1953. A partir de entonces, esa suerte de hechizo numérico constituyó su carta de presentación, independientemente de la cantidad real de expositores que confluyeron en las restantes exposiciones que juntos organizaron.

Entre sus integrantes iniciales estuvieron Guido Llinás, Hugo Consuegra, René Ávila, Antonio Vidal, Fayad Jamis, Tomás Oliva, Agustín Cárdenas, José Antonio Díaz Peláez, Francisco Antigua, Viredo Espinosa y José Ignacio Bermúdez. A la salida de este último se incorporó al grupo Raúl Martínez, quien había regresado de cursar estudios en el Instituto de Diseño de Chicago y se convertiría rápidamente en una de sus figuras más relevantes.

Sin un manifiesto declarado, el grupo se mantuvo en activo hasta 1955, cuando por varias razones se desintegró, erigiéndose en uno de los motivos catalizadores el haber aceptado el escultor Agustín Cárdenas una beca de estudios otorgada por el gobierno. Antes se había marchado Bermúdez, Fayad Jamís había viajado a París, Díaz Peláez a Estados Unidos y otros integrantes decidieron ejercer su actividad creadora de manera independiente. Dada la consiguiente modificación del conjunto continuaron trabajando unidos Vidal, Consuegra, Llinás, Raúl y Tomás Oliva, en lo que muchos críticos y especialistas consideran el núcleo fundamental de Los Once desde su conformación original.

El desarrollo de esta agrupación no debe circunscribirse al ya mencionado período 1953-55, pues tal consideración resultaría incompleta, en tanto su alcance excede un lapso de tiempo determinado y las múltiples variaciones numéricas que matizaron su existencia. Asimismo suelen asociársele los nombres de otros creadores como Manolo Vidal, Antonia Eiriz y Juan Tapia Ruano, quienes exhibieron en varias ocasiones junto al grupo, sobre todo después de su reorganización hacia el segundo lustro de la década del cincuenta.

Después de aquella primera exposición referida se sucedieron otras cinco bajo el calificativo de Los Once. Estas tuvieron lugar cronológicamente en: Lyceum de La Habana (19-26 de noviembre de 1953); Edificio de la Orden Caballeros de La Luz, Camagüey (12-19 de diciembre de 1954); Círculo de Bellas Artes de La Habana (27 de noviembre- 15 de diciembre de 1954); Galería de Artes Plásticas de Santiago de Cuba (6-18 de marzo de 1955) y Edificio de Humanidades-Educación de la Universidad Central de Las Villas (noviembre 24 -16 de diciembre de 1955).

El número reducido de integrantes con los que quedó el grupo una vez disuelto continuó su labor expositiva en algunas muestras como Collages, en el Lyceum de La Habana (20 abril-1 de mayo de 1956); Pintura abstracta cubana, Galería Sardio, Caracas (21 julio-1 agosto 1957); 4 pintores y un escultor, Lyceum de La Habana (29 de abril- 10 de mayo 1959) y 8 pintores y escultores, Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana (19 de diciembre de 1961-3 de enero de 1962). Este proceso tuvo como colofón la importantísima exposición Expresionismo abstracto, realizada en la Galería Habana entre el 11 de enero y el 3 de febrero de 1963, con la cual cerraría un ciclo creativo permeado por el influjo de la abstracción en todas sus vertientes, para dar paso a nuevos derroteros artísticos como el pop y la nueva figuración.

Pensar en una filiación estética definida para Los Once resulta tema discutible. En reiteradas ocasiones han sido catalogados como expresionistas abstractos; término no del todo errado, pero que encontró oposición en la obra de algunos de sus integrantes. Las distintas formaciones académicas, así como diferentes intereses personales, incidieron en la variedad de propuestas estéticas presentadas, acentuando la individualidad de cada creador al percibir algunas diferencias, incluso, en los trabajos más coherentes y orgánicos entre sí.

Si bien es cierto que la irrupción de Los Once en el panorama plástico de los años 50 se asume como un hecho novedoso, su importancia va más allá del valor estético, dada la visible heterogeneidad de los discursos pictóricos en él reunidos. La postura ética adoptada por sus integrantes ante una inedulible necesidad de cambio en términos artísticos, constituye lo más relevante en su accionar. Esta no fidelidad a una determinada línea de expresión tuvo su compensación en una actitud consecuente tomada por su membresía con respecto a la realización de un arte diferente, contrapuesto a la tradición pictórica anterior; un arte que se traduce en gestos, manchas o colores, reflejos de estados anímicos y emocionales; que a simple vista parece negar la realidad, pero que en esencia constituye otra manera de representarla.

Dentro del mosaico de expresiones que fue el grupo Los Once, sobresale un Llinás empecinado en el color y la gestualidad de las formas, así como un Consuegra dueño del espacio compositivo, actitud heredada por su profesión de arquitecto. También encontramos un Vidal completamente apto para abordar la abstracción por cualquiera de los caminos posibles. Entretanto, la pintura de Fayad es el resultado natural de esa singularidad que resume las inquietudes emocionales y estéticas de quien fuera pintor-poeta o poeta-pintor. Con una rigurosa preocupación para el oficio, Raúl Martínez puso su mayor acento en las búsquedas formales y en la elaboración de un mensaje exclusivamente plástico.

René Ávila, por su parte, incursionó inicialmente en un tipo de abstracción próxima al neoplasticismo, combinándola con una figuración de corte picassiano. Quizás fue José Ignacio Bermúdez el pintor de lenguaje más tradicional del grupo: sus obras se caracterizaron por una figuración cubista, de planos geométricos bien definidos. Los trabajos de Viredo Espinosa están inspirados en elementos plásticos provenientes de las culturas afrocubanas, tema que aborda más de una vez por la significación que tuvieron para él desde muy temprana edad.

La escultura de Agustín Cárdenas, con su sello de inconfundible singularidad, adquirió dentro del grupo una diversificación y calidad plenas. Por su parte, Díaz Peláez nos revela en cada una de sus piezas un talento indiscutible. Empeñado en extraer a los materiales utilizados sus máximas posibilidades expresivas, este artista empleó toda su imaginación en encontrar para cada elemento su justo lugar.

Tan originales como su propia personalidad, las piezas de Antigua nos traducen su visión sobre un mundo que, aunque hostil, siempre puede resultar mejor; si algo define la obra de este creador es precisamente su acabado perfecto. De los escultores, el más joven es Tomás Oliva, quien desarrolló una persistente preferencia por el metal, específicamente el hierro, en su versión más primitiva y sin retoques.

Difíciles fueron los momentos vividos por Los Once. En medio de rechazos e incomprensiones, su arte se erigió estandarte para legitimar una nueva forma de expresión artística. Considerando completamente agotado todo lo realizado hasta la fecha, partieron de una negación absoluta del referente e impusieron una nueva realidad. Sin el pleno apoyo de la crítica dirigieron su mirada al exterior e insistieron en la búsqueda de nuevos horizontes. En esa noble misión por universalizar el arte de la Isla, los acompañaría el denominado grupo Diez Pintores Concretos, abriéndose así una nueva etapa en la historia de la plástica cubana, cuya divisa giraría en la propuesta de un arte diferente, contrapuesto a todo lo precedente, que calificaban de obsoleto, decadente y sin esencia.