José Bedia

Artes Visuales, Cuba

José Bedia (José Braulio Bedia Valdés, 1959). Dibujante cubano, pintor y creador de instalaciones. Uno de los artistas más significativos que irrumpen en la década de los 80 del siglo XX.

Nació en La Habana el 13 de enero de 1959. Hijo de padres de extracción humilde, desde niño tuvo una inclinación natural hacia el dibujo y la pintura. Al principio su vocación respondía a la idea de hacerse dibujante de historietas cómicas. El único antecedente artístico en su familia, si se puede considerar como tal, era la facilidad gráfica que demostraba el padre a la hora de crear letreros por encargo.

Ingresó en la Academia de Bellas Artes  San Alejandro en 1972. En las pruebas de admisión había manifestado su interés en los cómics, lo cual fue rechazado por el tribunal calificador como un despropósito para el gran arte. No obstante la decepción sufrida, decidió matricular y aprender los presupuestos académicos de la pintura, especialidad de la que se graduó en 1976.

Dada su predilección por dibujar imágenes procedentes de culturas primitivas, fue incentivado por el profesor Antonio Alejo para que se documentara sobre el arte indígena. Así se introdujo paulatinamente en el aprendizaje sobre las culturas de tradición no occidental, y se instruyó en la visualización del arte precolombino, africano y oceánico. Estas materias eran enseñadas en el primer curso, por lo que ese año fue esencial para sus aspiraciones.

Luego formó parte, en 1976, de la primera promoción del entonces recién fundado Instituto Superior de Arte (ISA), donde matriculó pintura para proseguir estudios de nivel universitario. Bajo la impronta del realismo socialista, la nueva institución invitó a varios profesores soviéticos cuyas doctrinas ideoestéticas y métodos no se adecuaban a la formación y preocupaciones plásticas de Bedia. El artista supo sobreponerse y mantuvo una línea de trabajo alternativa que al mismo tiempo le permitió adentrarse, también, en las civilizaciones prehistóricas y otras culturas como la etrusca o la celta. Concluyó la carrera en el ISA en 1981.

Alcanzó el Gran Premio en el Salón Paisaje ´82, organizado por el Museo Nacional de Bellas Artes, con su obra Afluente. Como parte del certamen se ganó un viaje de estímulo a Hungría con escala en Berlín, donde tuvo la oportunidad de visitar el Museo de Pérgamo. En Budapest acudió al museo de etnología y pudo acceder a muchas de sus reliquias de expresión primitiva. Todo ello constituyó su primera gran experiencia fuera de Cuba.

Un segundo y trascendental momento en el extranjero tuvo lugar en febrero de 1985 cuando obtuvo una beca, con la ayuda de Luis Camnitzer, en el Old Westbury College, perteneciente a la Universidad del Estado de Nueva York. Permaneció allí durante cuatro meses en calidad de resident, conjuntamente con los artistas Ricardo Rodríguez Brey y Flavio Garciandía. Visitó varios museos, se puso en contacto con las obras de Keith Haring, Jean-Michel Basquiat y trabó amistad con el poeta y artista cherokee Jimi Durham, quien convenció a Claes Oldenburg y a su esposa (los cuales ya tenían referencias de Bedia por la cubana Ana Mendieta) para que le financiaran un viaje a Dakota del Sur con el objetivo de conocer y trabajar con el pueblo sioux en la reserva de Rosebud.

Se desempeñó como instructor en la Casa de Cultura de Marianao de 1972 a 1982 y como director de la galería del propio municipio durante un año (1982-1983). A partir de 1984 pasó a ser restaurador de pintura y caballete en el Museo Nacional de Bellas Artes hasta 1987, año en que fue aceptado como profesor en el ISA. Antes, en 1986, había impartido un curso de artes plásticas a niños indígenas maya-chontales en el estado de Tabasco, México. La Asociación de Artistas Plásticos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba le otorgó el Premio Bienal de la Crítica por resultar el artista más destacado en el bienio 1987-88, compartido con Ángel Ramírez. Colaboró como ilustrador en las revistas Revolución y Cultura y El Caimán Barbudo. A principios de los 90 se trasladó a México y, desde julio de 1993, reside y trabaja en Miami.

Su primera exposición se efectuó en la sede de la revista Moncada en 1978, pero fue a partir de 1980 que inició una serie de muestras tituladas Crónicas Americanas –con otras dos ediciones en 1982 y 1986–, que constituyeron los cimientos de su producción creativa.

Mención aparte merece Persistencia del uso de 1984, realizada en el Museo Nacional de Bellas Artes. En la muestra subrayaba cómo en todas las culturas de hoy permanecen determinadas funciones, propias de la época prehistórica, así como los instrumentos para llevarlas a cabo. Este y otros intereses habían sido distintivos de arqueólogos y etnólogos, fundamentalmente, por lo que Bedia proponía un discurso novedoso, con otras posibilidades de desarrollo.

Dentro de la plástica cubana, José Bedia resulta uno de los creadores más importantes de la tendencia que aborda expresiones, costumbres, temas y valores de las llamadas civilizaciones primitivas de América, a través del uso de métodos propios del arte contemporáneo. Su obra mezcla pintura y antropología,  mientras aprovecha las perspectivas instituidas por el conceptualismo. No se trata solo del contenido sino también de la ejecución y la estructuración de las piezas, ya que opera directamente con elementos primitivos de fuentes muy disímiles: mitología mesoamericana (los códices aztecas), chamanismo, cultos de origen africano (los minkisi de la imaginería conga), poesía esquimal, charada, ritos, símbolos, animismo. Todos estos recursos le sirven de punto de partida para una figuración muy sencilla y natural, cargada de vigor contenidista a la manera de narraciones míticas.

Su obra inicial funda una nueva iconografía sobre la base de imágenes documentales de un mundo extinguido o en vías de serlo. Bedia reconoce el influjo externo de orden transcultural que han venido sufriendo involuntariamente estas culturas con respecto a la tradición occidental. De ahí que su identificación con ellas discurre de un modo análogo pero en sentido contrario: a partir de su formación occidental y mediante un sistema de reflexión consciente e intelectual, procura acercarse a dichas culturas y experimentar transculturalmente sus influencias. Este autor no recrea mitos como ocurre en otros casos de la plástica cubana; su arte funciona como mediador entre la realidad ritual y la artística.  Lleva lo ancestral a lo moderno y equipara la verdad mítica a la verdad histórica.

Para Bedia el dibujo ha resultado básico como punto de partida para establecer un lenguaje. Es el molde creativo del que parte para realizar un desplazamiento posterior hacia la pintura o la instalación artística. Superpone diferentes referencias simbólicas en una misma imagen, donde un signo remite a otro en una especie de simbiosis que sintetiza los atributos y el modus vivendi de esas civilizaciones “otras”. Con frecuencia sus piezas han incluido, como remedo de métodos artesanales primitivos, objetos fabricados por él mismo: flechas, amuletos, cerámica, que son al mismo tiempo realidad y alegoría. Se trata de un logrado esfuerzo por comunicar y unificar el universo físico y espiritual del sujeto “moderno” y el del sujeto “primitivo”.

Bedia ha puesto en solfa la exclusividad de los centros hegemónicos de la cultura y la ciencia, pues articula una cosmovisión artística que ha demostrado el valor y la vigencia de muchas formas de pensamiento “salvaje” que aún subsisten en diversos pueblos de América y África. Ha traído a tela de juicio la idea del progreso como una línea ascendente que supera el pasado y conduce a estadios superiores. Según afirman algunos estudiosos de la poética del artista, su principal acierto consiste en contribuir al complicado y tortuoso proceso de descentralizar la cultura occidental, es decir, de “deseurocentralizar” la cultura moderna.

Entre sus obras emblemáticas se pueden citar: Doce cuchillos (1983), El golpe del tiempo (1983), Perfil de un pueblo (instalación, 1985), Madre de la guerra (1989), Donde quiera que vaya así será (1992) y más recientemente La isla esperando una señal (2002), entre otras.

Piezas suyas han formado parte de cuantiosas muestras expositivas y aparecen en innumerables colecciones de Estados Unidos, Cuba y Europa. Fue incluido en la exposición Artistas Latinoamericanos del siglo XX, organizada por el MOMA a finales de los 90. 

 

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