Orígenes

Literatura, Cuba

Orígenes. Revista de Arte y Literatura. (1944-1956). Una de las publicaciones culturales cubanas de mayor importancia del período republicano.

Dirigida por José Lezama Lima y José Rodríguez Feo –aunque en los primeros números (1-4) aparecieron también como coeditores Mariano Rodríguez y Alfredo Lozano–, Orígenes fue el espacio de madurez y proyección plenas de una empresa, de una “aventura” de (re)edificación de la nación desde la poesía y la cultura, en la cual colaboraron Eliseo Diego, Fina García Marruz, Cintio Vitier, Ángel Gaztelu, Virgilio Piñera, Gastón Baquero, Lorenzo García Vega, Octavio Smith, Justo Rodríguez Santos y Julián Orbón, figuras todas conformadoras del grupo que sería conocido por el propio nombre de la revista.

Con una frecuencia trimestral, cada número se identificaba con una estación del año y solía acoger, en sus páginas, poemas, cuentos, fragmentos de novelas, ensayos, traducciones, crítica, et al., de notables autores cubanos y extranjeros. Entre los cubanos, junto con los miembros del grupo, publicaron igualmente en Orígenes Alejo Carpentier, Eugenio Florit, Samuel Feijóo, Lydia Cabrera, Enrique Labrador Ruiz, Cleva Solís, Aldo Menéndez, Alcides Iznaga, Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís, Pablo Armando Fernández y Pedro de Oraá; mientras que entre los extranjeros, fueron colaboradores Paul Valéry, Albert Camus, Paul Claudel, Paul Éluard, Robert Altmann, Macedonio Fernández, Gabriela Mistral, Alfonso Reyes, Efraín Huerta, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Saint John Perse, Aimé Césaire, George Santayana, Stephen Spender, Wallace Stevens, T. S. Eliot, Vicente Aleixandre, José Bergamín, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez y María Zambrano, éstos dos últimos, presencias fundamentales de cuyo magisterio se nutrió en no poca medida el pensamiento origenista. De ese modo, la revista daba cumplimiento a una de las ambiciones declaradas unos años antes en el primer editorial (“Razón que sea”) de su precursora Espuela de Plata (1939-1941): “La ínsula distinta en el Cosmos, o lo que es lo mismo, la ínsula indistinta en el Cosmos”; esto es, el hallazgo de una expresión profundamente cubana, inseparable de una franca apertura hacia lo universal. A ello hay que añadir las viñetas, cuadros y grabados de artistas plásticos como Amelia Peláez, Mariano Rodríguez, Wifredo Lam, René Portocarrero, Carmelo González, Rufino Tamayo, entre otros, que acompañaron y dotaron a la publicación de una sugestiva visualidad.

A diferencia de los intelectuales marxistas que asumieron, en un contexto dominado por la corrupción y el entreguismo políticos, una actitud de compromiso y denuncia sociales -como lo registró Gaceta del Caribe (1944)-, Orígenes prefirió ir en busca de los fundamentos estéticos e históricos que pudiesen oponer en silencio un cuerpo resistente en medio de la desintegración, con la divisa lezamiana de que “un país frustrado en lo esencial político, puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza”. De ahí que, si bien no hubo en Orígenes una voluntad política estructurada y militante, tampoco sea posible reprocharle –incomprensión en la que incurrió durante algún tiempo un sector de la crítica– desdén o evasión de su circunstancia.

Desde su primera entrega, Orígenes reaccionó contra el falso dualismo entre vida y cultura, y contra cuanto significase una reducción del arte a mera pieza decorativa o a una dinámica de “superficiales mutaciones”. Más que proponer un programa –como mostró la polémica sostenida entre algunos de los origenistas y Jorge Mañach, fundador de Revista de Avance (1927-1930)–, su interés se volcó hacia ese estado genésico, anterior, de la creación, donde la obra debía encontrar y ofrecer sus frutos más valiosos y legítimos. A partir de esta premisa debe ser entendida la distancia de Orígenes respecto del vanguardismo y las variedades que de él se derivaron en el ámbito insular: poesía social y poesía pura. Frente a tales direcciones, y no sin asimilar las ganancias de los ismos que consideraron genuinas, los poetas de Orígenes concibieron, en su mayoría, la poesía como un modo de conocimiento, testimonio y revelación del sentido trascendente de lo real. Fue esa fe compartida, fundada en una raigal catolicidad de la que sólo se apartaron Virgilio Piñera (el “origenista antiorigenista”, según Raúl Hernández Novás) y Lorenzo García Vega, la que condujo a Roberto Fernández Retamar, en la primera tesis universitaria que estudiara a los escritores del grupo, a denominarlos “poetas trascendentalistas”. También a Retamar se debe la distinción al interior de Orígenes de dos promociones: una integrada por José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Ángel Gaztelu, Justo Rodríguez Santos y Gastón Baquero; otra, por Cintio Vitier, Eliseo Diego, Fina García Marruz y Lorenzo García Vega; promociones éstas entre las que Cintio Vitier –amén de protagonista y crítico insoslayable si se trata de comprender el legado origenista– advertiría luego la tendencia al “tratamiento impersonal y simbólico y a los temas especulativos o de raíz cultural”, característica de los autores de la primera, así como “la mayor intimidad de sus versos, el acercamiento a las realidades cotidianas y la búsqueda de un centro intuitivo en la memoria” más propios de los de la segunda. La crítica ha señalado asimismo dentro del grupo la existencia de un reverso, de una suerte de Orígenes del “no” –beligerante, heterodoxo y caótico–, amparada en las tensiones y disensiones que marcan especialmente las obras de Virgilio Piñera y Lorenzo García Vega, donde orden y sentido se quiebran y trazan poéticas más cercanas al espíritu de la vanguardia.

Después del cisma que la disputa entre sus directores trajo aparejado a causa de los ataques entre Jorge Guillén y Juan Ramón Jiménez, que tuvieron sitio en Orígenes y dieron como resultado la salida de dos revistas independientes con igual nombre (números 35 y 36) -dirigida una por José Lezama Lima y la otra por José Rodríguez Feo-, la publicación quedó finalmente a cargo de Lezama y no pudo rebasar, por carencias materiales, su número 40.

Paralelamente a la revista, Orígenes había creado un sello editorial que contó con veintitrés títulos, y bajo el cual vieron la luz libros como Aventuras sigilosas (1945) y La fijeza (1949), de José Lezama Lima; En la Calzadade Jesús del Monte (1949), de Eliseo Diego; Vísperas. 1938-1953 (1953) y Canto Llano (1954-1955) (1956), de Cintio Vitier, Gradual de Laudes (1955), de Ángel Gaztelu; Suite para la espera (1948), de Lorenzo García Vega y La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953) (1954), de Roberto Fernández Retamar, por citar sólo algunos. Por fortuna, el cierre de Orígenes no implicó la desarticulación de la labor y el pensamiento que en ella se sedimentaron. Sus miembros continuaron produciendo una obra de incuestionable valor, entre la que destacan La expresión americana (1957) y Paradiso (1966), de José Lezama Lima, y Lo cubano en la poesía (1958), de Cintio Vitier.

 

Bibliografía

Arcos, Jorge Luis: Los poetas de Orígenes. Fondo de Cultura Económica, México, 2002.

Barquet, Jesús: Consagración de La Habana. (Las peculiaridades del grupo Orígenes en el proceso cultural cubano). University of Miami, Coral Gables, Fl., 1991.

Bello, Mayerín: Orígenes: las modulaciones de la flauta. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2009.

D'Ors, Eugenio. "Una revista cubana: Orígenes", en Diario de la Marina. 121 (219): 4, La Habana, sep. 19, 1953.

García Vega, Lorenzo. Los años de Orígenes. Bajo la luna, Buenos Aires, 2007 (1978).

Índice de las revistas cubanas. T. 1. Introd. de Graciella Pogolotti. Biblioteca Nacional «José Martí» Depto. Hemeroteca e Información Humanística, La Habana, 1969, p. 101-235.

Ponte, Antonio José. El libro perdido de los origenistas. Iluminaciones Renacimiento, Sevilla, 2004.

Varios: Vigencia de Orígenes. Editorial Academia, La Habana, 1996.