Pedro Agustín Morell de Santa Cruz

Religión, Cuba

Pedro Agustín Morell de Santa Cruz y de Lora (1694-1768). Trigésimo obispo de Cuba, de relevante actividad en la sociedad insular durante el siglo XVIII. Autor de varias obras, se le ha considerado uno de los fundadores de la historiografía cubana.

Nació en Santiago de los Caballeros (La Española) en 1694, en una familia criolla de mediano caudal. Realizó estudios superiores en la Universidad de Santo Domingo, donde su brillante carrera le valió -aun sin haber cumplido veintiún años ni haber sido ordenado sacerdote-, recibir las dispensas necesarias para ser nombrado canónigo doctoral de la Catedral de Santo Domingo.

Morell, de temprana vocación religiosa, viajó a Cuba en 1718, y el obispo Gerónimo Valdés le confirió en La Habana la tonsura y los grados eclesiásticos hasta el sacerdocio.

El obispo de Cuba y el capitán general Gregorio Guazo Calderón tuvieron en alta estima el papel que desempeñó durante el segundo movimiento de los vegueros en contra del estanco del tabaco. A su gestión se debió, en lo fundamental, el acuerdo alcanzado y el haber evitado derramamientos de sangre. En diciembre de 1718, el obispo Valdés solicitó su nombramiento como provisor y vicario general de la diócesis de Cuba, aprobado poco después.

El 2 de diciembre de 1719 se le nombró deán de la Catedral de Santiago de Cuba, con lo que se convirtió, a sus 25 años, en la segunda figura del obispado. Como deán se le encomendó la organización de la Catedral y de la Iglesia en toda la región oriental del país. Realizó entonces una notable labor organizativa, pastoral y social, que incluyó vínculos con los descendientes de aborígenes asentados en el pueblo de San Luis de los Caneyes, y con los esclavos del pueblo minero de El Cobre.

En 1729, al declararse vacante la sede episcopal por el deceso del obispo Valdés, Morell fue nombrado gobernador eclesiástico del obispado. En esa condición actuó como mediador en la sublevación de los cobreros de las minas de Santiago del Prado, en julio de 1731, asumiendo una actitud crítica ante la posición del gobernador de Santiago de Cuba, en cuyas medidas contra los cobreros encontró las causas de la sublevación. En 1732, cuando fray Juan Lazo de la Vega y Cansino asumió el obispado, Morell fue ratificado como provisor y vicario general, cargo que desempeñó hasta su nombramiento como obispo de León en 1749. Su consagración se efectuó en Cartagena de Indias, en septiembre de 1750.

Al frente de esa mitra estuvo dos años y siete meses, y durante tan breve período dedicó parte importante de su tiempo al estudio de las características de la sociedad de la que había sido nombrado pastor. En particular, fue notable su Memoria de la extensa visita pastoral que realizó por los territorios que hoy conforman las repúblicas de Nicaragua y Costa Rica. Esa visita respondió a una planificación detallada que buscó, ante todo, el conocimiento de la vida social y espiritual del país.

En junio de 1753 Morell recibió la noticia de su nombramiento como obispo de Cuba, y regresó a la Isla a inicios de 1754. Como sus antecesores, fijó su residencia en la ciudad de La Habana, desde donde podía ejercer mayor influencia sobre su jurisdicción episcopal, y realizó una extensa visita pastoral a toda su diócesis, que terminó en 1757.

Durante la Toma de La Habana por los ingleses —desde agosto de 1762 hasta julio de 1763—, Morell se opuso de manera reiterada a ejecutar las órdenes de las autoridades británicas de ocupación, lo que le valió el destierro a San Agustín de La Florida. De regreso tras la restauración española, propuso en 1764 un proyecto de creación de una provincia eclesiástica para Cuba. Como Catedral Metropolitana sugirió la entonces Parroquial Mayor de La Habana, y, como sufragáneas, la de Santiago de Cuba y una nueva con sede en la villa de Puerto Príncipe. Con visión antillana, el obispo también recomendó como tercer sufragáneo el obispado de Mérida, perteneciente a la Iglesia Metropolitana de México. Pero el proyecto, aunque se fundamentaba en un detallado conocimiento de la situación del país, no tuvo éxito.

En la obra de Morell encontraron reflejo sus preocupaciones de tipo social. Utilizando los medios a su alcance, el obispo intentó brindar alguna protección a los sectores marginados. Si bien esa actitud no era precisamente "ilustrada", sino coherente con los patrones clásicos de la caridad cristiana, la labor organizativa institucional que desarrolló sirvió para paliar algunos de los más ingentes males sociales, lo cual lo aproximó a la propuesta ilustrada de ejecutar reformas desde el poder, como alternativa a los peligros de convulsiones sociales. La extensión de la presencia eclesiástica —en particular, hacia los campos y las ciudades, villas y pueblos del interior del país— era, en su concepción, la base para el esfuerzo moralizador, la amplificación de la instrucción pública, la dignificación del culto y la creación y protección de hospitales para la atención de los enfermos.

A diferencia de sus antecesores, Morell intentó promover la educación de los pobres. Durante su visita pastoral fundó a sus expensas, en las villas carentes de centros docentes, escuelas para niños y niñas. Nadie, como lo hizo él, se había ocupado antes de llevar la enseñanza a los indios de Jiguaní y El Caney. También intentó crear una universidad en el oriente del país, aunque sus gestiones resultaron fallidas.

El interés de Morell por la historia de Cuba —en particular, la eclesiástica— data de los años en que ocupó el deanato de la catedral santiaguera. Antes de 1750, según Domingo del Monte, culminó su primera obra —inédita hasta 1841-, Relación histórica de los primitivos Obispos y Gobernadores de Cuba, en la cual aparecían las premisas para la posterior Historia de la Isla y Catedral de Cuba, que escribió siendo ya obispo de la Isla; pero esa segunda obra fue apenas algo más que una relación nominal de los dignatarios eclesiásticos. .

Las prolijas observaciones de la sociedad que realizó durante la visita pastoral de 1754 a 1757 le sirvieron para la elaboración de un informe, publicado en el siglo XX, titulado La visita eclesiástica. Este trabajo ha constituido una de las más importantes fuentes de información acerca del estado de la Isla a mediados del siglo xVIII, por su caracterización detallada y abarcadora de la sociedad colonial, gracias al método riguroso que siguió el obispo en la descripción de cada lugar y en las apreciaciones que hizo, en detalle, de cada pueblo, villa o ciudad. Al tomar de los libros parroquiales y otras fuentes el número de habitantes, realizó lo que en rigor puede estimarse como el primer censo de población hecho en Cuba sobre el terreno. Su estudio de la organización económica, social, religiosa, política y militar ha permitido tener una imagen relativamente exacta del nivel de desarrollo de la Isla a mediados del siglo XVIII.

Hacia 1760 Morell debió concluir su Historia de la Isla y Catedral de Cuba, la obra insular de carácter netamente histórico más antigua de las conservadas -y la más importante de las que escribió-, la cual llegó incompleta a la posteridad por la pérdida de los capítulos en que se ocupaba del siglo XVIII. El interés por los problemas internos y cotidianos de la Isla viene en esa obra de la mano de su riqueza documental, lo que la redimensiona con un enfoque diferente al de los documentos oficiales atesorados en los archivos españoles. La obra contiene una visión y una recreación del criollo, de sus aspiraciones, contradicciones y realidades, lo que la diferencia de manera sustancial de las crónicas de los primeros siglos de la colonización, y al mismo tiempo de los informes oficiales. Fue la primera expresión intelectual que intentó explicar los orígenes de la sociedad insular generada desde Cuba y para Cuba. Al colocar como objeto histórico la comunidad criolla en su conjunto se alejó de la visión oligárquica propia de las obras de José Martín Félix de Arrate e Ignacio de Urrutia y Montoya, y de la regionalista, también característica de estos dos historiadores —que centraron su interés en La Habana— y de Nicolás Joseph de Ribera, quien lo hizo sobre Santiago de Cuba.

Hacia 1768, la salud de Morell de Santa Cruz se deterioró mucho, y el 29 de diciembre se agravó. Falleció esa noche y se le dio sepultura el 31 de diciembre de 1768, sin previo embalsamamiento del cadáver, por expresa prohibición suya. Las circunstancias de su muerte propiciaron la suposición de que procedía de una familia de judíos conversos, y que posiblemente hubiera profesado, en secreto, la fe de sus antepasados. No se han hallado pruebas de tal hipótesis.

Tanto en la Historia… como en La visita… Morell rescató tradiciones nunca antes escritas y que no interesaban al resto de los historiadores de la época, empeñados en describir los méritos de las elites insulares, y para quienes los sectores subordinados eran irrelevantes. El obispo, en cambio, prestó mayor atención a la vida y la mentalidad de los sectores no oligárquicos de la sociedad colonial. Sus ideas sobre las desigualdades sociales fundamentaron su actuación desde una perspectiva erasmista cristiana y preilustrada. Sin filiaciones incontrovertibles con la Ilustración europea, las ideas de Morell, y su percepción de la sociedad y de los individuos trascendieron —sobre todo, en el extenso uso de la observación como método para someter a análisis la sociedad criolla— los ámbitos teológico-escolásticos del pensamiento predominante en la colonia.

 

Bibliografía activa

Historia de la Isla y Catedral de Cuba. Escrita por el ilustrísimo señor don Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, Obispo de ella. Con un prefacio de Francisco de Paula Coronado, Académico de número, Impr. Cuba Intelectual, La Habana, 1929.

La visita eclesiástica, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1985.

"Relación histórica de los primitivos Obispos y Gobernadores de Cuba", en Memorias de la Sociedad Patriótica de La Habana, t. XII, 1841.

Bibliografía pasiva

García del Pino,César: Morell de Santa Cruz. La visita eclesiástica, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1985.

Torres Cuevas, Eduardo: "Morell de Santa Cruz: la memoria del criollo", en Pedro Agustín Morell de Santa Cruz. Primeros historiadores. Siglo XVIII, pp. IX-LVI, col. Biblioteca de Clásicos Cubanos, Ed. Imagen Contemporánea y Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 2005.

Torres Cuevas, Eduardo y Edelberto Leiva Lajara: Historia de la Iglesia Católica en Cuba. La Iglesia en las patrias de los criollos, Publicaciones de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, Ed. Boloña, La Habana, 2007.