Plaza de Armas de La Habana

Historia, Cuba

Plaza de Armas de La Habana. Denominada indistintamente Plaza de la Parroquial Mayor o de Armas hacia mediados del siglo XVI, fue la primera con que contó la villa de San Cristóbal de La Habana.

Su estructura actual data del último cuarto del siglo XVIII, cuando se demolió la iglesia principal de la Plaza de la Parroquial Mayor, se amplió su recinto y se construyeron las casas del Correo, del Cabildo y la residencia de los capitanes generales. Su paulatina transformación en Plaza de Armas, estuvo relacionada con los constantes ataques a la villa de corsarios y piratas. Coincidiendo con uno de ellos, en 1538, la reina de España, Isabel de Portugal, esposa de Carlos I, encomendó se erigiera con toda brevedad un cortijo en forma de ciudadela —Castillo de la Real Fuerza— que sirviera a su población de resguardo. El encargo se le hizo al nuevo gobernador de la Isla y adelantado de la Florida, Hernando de Soto, quien la dejó encargada al maestro de obra Mateo Aceituno, quien la entregó terminada en marzo de 1540.

La proximidad de la primitiva Real Fuerza, al norte del núcleo original, dio motivo para que la Plaza de la Parroquial Mayor resultara la ideal para los ejercicios militares en los que se implicaba una buena parte de la población. Esta situación se acrecentó en 1555, luego del ataque y toma de la villa por el corsario francés, Jacques de Sores, quien dejó destruida la antigua fortaleza.

La ubicación en un nuevo sitio del segundo Castillo de la Real Fuerza dio origen a que en Cabildo de 3 de marzo de 1559, se señalara otra plaza de asiento para la villa, pues el espacio dispuesto para la nueva fortaleza ocupaba la que antes había para aquella. El asunto debió tratarse de nuevo 18 años después en Cabildo, el 13 de septiembre de 1577, pues, al haberse abandonado el nuevo asiento de plaza, se estimó que por lo extendido de la población hacia la fortaleza vieja, las casas para derribar ya resultaban suficientes y que esos solares se dieran a censo perpetuo.

En la década del 70 del siglo XVI, se le daba todavía en ocasiones el nombre de Plaza de la Iglesia, por su cercanía a la Parroquial Mayor. No obstante, muy pronto el alcaide de la Fuerza consideró que era un lugar más propicio para ejercicios militares que para el objetivo de esparcimiento de los vecinos. Tal vez fue la razón por la cual la población comenzó a conocer el espacio como Plaza de Armas, si bien, al decir de Emilio Roig de Leuchsenring, de plaza durante largo tiempo solo tuvo el nombre.

En la segunda mitad del XVIII, en el contexto de importantes reformas por Carlos III, incluidas las de tipo urbanístico, el gobernador y capitán general Felipe Fondesviela y Ondeano, marqués de la Torre, promovió en La Habana un ambicioso proyecto de remodelación de la Plaza de Armas, con la definitiva demolición de la ruinosa Parroquial Mayor y la realización de una nueva plaza, rectangular, de aproximadamente 37 x 66 metros, enmarcada por el Castillo de la Real Fuerza, aduanas, cuarteles y los dos proyectos constructivos más importantes, los únicos que en realidad se culminaron hacia fines de ese siglo: la Casa de Correos o Palacio del Segundo Cabo y el Palacio de los Capitanes Generales.

Nuevos aires tuvo la plaza desde 1763, con la recuperación de la localidad por parte de España —luego de la toma de La Habana por los ingleses—; la creación de una Renta de Correos Marítimos, convertiría a La Habana en sede de las comunicaciones postales hacia América. Para estos fines se determinó, según plan aprobado en 1770, la construcción en la Plaza de Armas del primero de los edificios que marcaría el inicio de su transformación: la Casa de Correos, situada en el ala norte de su asiento, portadora de características arquitectónicas que después se repetirían en el Palacio de los Capitanes Generales y, en buena parte, de las construcciones coloniales habaneras.

En 1773, durante el gobierno del marqués de la Torre, se conoció, la Real Cédula para la demolición de la Parroquial Mayor, terreno que se consagraría a la construcción de la cárcel y a la casa del Cabildo, además a la rectificación, mediante su prolongación, de la figura irregular con que se caracterizaba entonces el recinto. Según lo establecido, en los cuatro frentes de la Plaza, se ubicarían edificios con fachadas uniformes: por su lado oeste, la casa destinada a vivienda de los capitanes generales, el Cabildo y la cárcel; por el norte, además de la Casa de Correos, ya en construcción, un amplio cuartel para batallón de infantería, además de una aduana, y al sur, viviendas de vecinos acomodados.

El avance constructivo era evidente, al asumir el mando de la Isla el capitán general Luis de las Casas Aragorri, quien en julio de 1790 pudo instalarse en el Palacio de Gobierno. Hacia 1793, ya podía considerarse concluida la primera de las edificaciones, la Casa de Correos, muestra de un conjunto en el cual primaba la concepción ideológica de convertir la plaza en el centro de las instituciones representativas del absolutismo español en la Isla, razón de construcciones arquitectónicas monumentales, en las cuales primó la simetría y la uniformidad.

Los proyectos para las nuevas edificaciones de la plaza, no prosperaron, como el destinado en 1799 a un edificio de aduana, en su porción este. Sin embargo, las labores de ornato, fueron sucediéndose en el tiempo. Así ocurrió durante los mandatos de Salvador de Muro Salazar, marqués de Someruelos (1799-1812), y de Juan Ruiz de Apodaca (1812-1816), interregnos en los cuales se plantaron árboles y se ubicaron faroles y bancos de piedra en el parque situado en el centro de la plaza.

Durante los mandatos de Nicolás de Mahi (1821-1822) y Francisco Dionisio Vives (1823-1832), se realizaron importantes obras de embellecimiento; en especial, la construcción en 1823, en el ala este de la plaza, del Templete, en el mismo lugar que, según la tradición, se había escenificado, a la sombra de una ceiba, el primer Cabildo y la primera misa, y donde el gobernador Francisco Cagigal de la Vega había levantado, en 1757, una columna alegórica de este acontecimiento. El nuevo edificio ya se había terminado en 1824 y en su interior incluía tres grandes lienzos en los cuales se representaba, además de la misa y la reunión del cabildo, el acto mismo de su inauguración por el obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa. Los lienzos son de Juan Bautista Vermay, pintor francés, discípulo de David, quien residía por ese entonces en La Habana.

Parte de los ornatos corrieron a cargo del intendente de Hacienda, el criollo Claudio Martínez de Pinillos, marqués de Villanueva, quien promovió la construcción de cuatro fuentes pequeñas de mármol blanco, en cada una de las cuatro cuadrículas que subdividían el parque ubicado en la plaza. En el centro se situó una estatua del rey Fernando VII, también encargada por Pinillos, una estatua de mármol de Carrara que representaba al monarca español con cetro, manto y traje de ceremonia.

En el ala este de la plaza se construyó, por parte de los condes de Santovenia, el edificio particular de mayor boato de su entorno. En 1867-1868, el viajero norteamericano Samuel Hazard brindó testimonio de que el palacio había sido transformado en el hotel Santa Isabel, considerado el mejor de la ciudad, y en cuyas inmediaciones se hallaba el consulado norteamericano.

Hacia mediados del siglo XIX, la Plaza de Armas alcanzó esplendor como espacio público de recreación y esparcimiento. En su recinto se realizaban retretas, entre las 8 y las 9 de la noche, y la asistencia no solo excluía a los negros y mulatos, sino a los sectores subordinados del estamento blanco. Los músicos, una banda militar por lo general entre 50 y 60 hombres, comenzaban a tocar al escucharse el tradicional cañonazo desde el Castillo de San Carlos de La Cabaña y lo hacían por espacio de una hora, para después dirigirse a la puerta del Palacio de los Capitanes Generales y dedicar al de turno la última pieza de la noche. La concurrencia se dispersaba entonces, pero los cafés que se hallaban frente a la residencia de la máxima autoridad de la colonia, permanecían llenos hasta el momento del cierre, alrededor de la 10 o 10:30 de la noche.

Como punto central de la administración española, en sus predios se realizó en 1902 la escenificación del cambio de mandato, al finalizar en este año la primera ocupación militar de Estados Unidos en Cuba y traspasarse, con limitaciones, la soberanía nacional a los habitantes de la Isla. Muestra de ello fue el cambio de banderas.

Como resultado de una encuesta realizada a la nación por la influyente revista Cuba Contemporánea, se le cambió el nombre a la plaza que desde 1923 se designaría como Plaza Carlos Manuel de Céspedes.

No sería hasta 1935, cuando los arquitectos Evelio Govantes y Félix Cabarrocas reconstruyen el Palacio de los Capitanes Generales que, a través de grabados y descripciones del siglo anterior, se emprende también la reconstrucción de la plaza con un aspecto similar al de antaño.

Otro momento importante de la Plaza de Armas: la sustitución, el 27 de febrero de 1955, de la estatua de Fernando VII por la de Carlos Manuel de Céspedes. Durante años, a partir de la iniciativa del coronel Cosme de la Torriente, se reclamó la sustitución de la estatua de Fernando VII por un monumento de significado patriótico. La estatua, obra del artista cubano Sergio López Mesa, aún permanece en el lugar. Como parte del proceso de restauración de La Habana Vieja, declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad en 1982, la Plaza de Armas presenta hoy un aspecto renovado, al tiempo que se recupera para actividades de tipo cultural que dan continuidad a la tradición.

 

Bibliografía

Roig de Leuchsenring, Emilio: La Habana. Apuntes históricos, Ed. del Consejo Nacional de Cultura, 3 t., La Habana,  1964.

Weiss Sánchez, Joaquín: La arquitectura colonial cubana: siglos XVI al XIX, Instituto Cubano del Libro, Junta de Andalucía, La Habana-Sevilla, 1996.

Roig de Leuchsenring, Emilio: Los Monumentos Nacionales de la República de Cuba, Publicaciones de la Junta Nacional de Arqueología y Etnología, Vol. 1: "La Plaza de Armas Carlos Manuel de Céspedes de La Habana", La Habana, 1957.