Son

Música, Cuba

Son. Importante género musical y danzario cubano.

Como sucede con otros ritmos cubanos, el son debe definirse como un complejo de ritmos, cantos y danzas que responden a ciertas características comunes pero que pueden variar según la zona geográfica en la cual se desarrollen. De hecho, el mismo nombre es un apócope de “sonido” o representa “pretexto”, “modo”, “manera”, “motivo”, una forma verbal del verbo ser o complementa frases cotidianas como “baila al son que le toquen”, “¡a son de qué!”, “hablar sin ton ni son”.

Es una manifestación completamente cubana de origen rural, en la cual se fusionan elementos españoles y africanos. Parte de la alternancia de la copla y el estribillo, al compás de la bandurria o tiple, que se complementa con instrumentos como trompeta, guitarra, tres, bajo y percusión (marímbula, bongoes, maracas, güiro y claves), hasta llegar a seis o siete instrumentos, de ahí los nombres de sexteto y septeto para las agrupaciones musicales típicas, aunque puede ampliarse más para formar un conjunto. Esta composición instrumental ha sido enriquecida con otros instrumentos para lograr sonoridades novedosas.

El uso de la voz es imprescindible para la interpretación del son, pues en un principio el canto era lo primordial y sólo se acompañaba con percusión muy elemental. De hecho, algunos de los instrumentos de percusión que utiliza, gracias a la aparición del son, salieron de los barracones de esclavos y los solares de los barrios de las ciudades para convertirse en apreciados vehículos de divulgación de la música cubana a nivel universal.

En sus inicios, era el “tresero” el que entonaba el estribillo repetidamente durante varios compases y los bailadores se reunían alrededor de éste. Luego el estribillo se enlazó con la cuarteta en el Oriente del país, lugar de surgimiento del son.

Uno de los sones más antiguos que se conoce es el “Son de máquina”, donde se utiliza la estructura estribillo-copla-estribillo, mientras que la estructura de cuarteta con estribillo llegó desde la Península Ibérica, con francas influencias verbales de los negros que ya residían en España y Portugal.

El empleo de la repetición libre del estribillo, acompañado por instrumentos, parece haber sido la fase primaria del llamado son montuno, por su carácter rural.

Algunos investigadores reconocen diferentes especies de sones, tanto cubanos como latinoamericanos, entre ellos el son oriental, el changüí, el sucu-sucu, la plena portorriqueña, el porro colombiano, el merengue y el carabiné dominicanos.

El son cubano se caracteriza por la presencia de una frase, cuya longitud varía, y es cantada a una sola voz. Es también un complejo de bailes que aparecen desde finales del siglo XIX, que tiene como características generales el ser un baile de pareja en posición social enlazada, donde el hombre guía a la mujer. El marcaje de los pasos es lateral, a uno y otro lados, comenzando el hombre con el pie izquierdo y la mujer con el derecho. Se marca en cuatro tiempos o corcheas por cada lado, a la vez que los cuerpos oscilan. Los brazos hacen diferentes movimientos pantomímicos según el tipo y la región geográfica donde surgen y se desarrollan. La mujer puede hacer giros sobre su propio eje y alrededor del hombre. El paso básico es similar al del danzón pero mucho más espontáneo y creativo.

En el son montuno, se realiza un ligero “muelleo” o flexión de las rodillas con fuerte caída al marcar el tiempo, y en ocasiones lleva un movimiento de brazos similar a “bombear” agua, conocido como “sacando agua del pozo”, que se ejecuta en un compás de 2 X 4 con valor de una negra en cada tiempo. Mientras, el son urbano se baila con más suavidad y se realizan figuras más complejas como el “tornillo”, que parte de la posición inicial: la pareja se mantiene de frente y el hombre coloca el metatarso del pie izquierdo sobre el piso, flexiona esa pierna y extiende la derecha hacia delante para quedar como acostado paralelo al piso; da sus dos manos a la mujer, quien lo gira sobre su eje, apoyado sólo en el metatarso.

Además de las vueltas de la mujer, ambos sones tienen en común los desplazamientos y el baile a tiempo y a contratiempo. En las provincias orientales y occidentales se baila a tiempo o “a ritmo”, mientras en las centrales se hace a contratiempo o “con la melodía”.

Hay muchas variantes en el son cubano:

El changüí: Es quizás la más antigua, surgida en la zona rural de Guantánamo y se expande por Baracoa, Manzanillo y Santiago de Cuba. Su nombre es sinónimo de fiesta y tiene influencias bantúes del baile de yuka pero también aparecen las hispanas.

En esta variante, la pareja baila al compás de una música más rápida, realiza floreos y tiene mayor desplazamiento en el espacio; predominan las vueltas; puede desarrollarse en círculos y formar figuras como el paseo, la redonda y el giro.

Tiene una sub variante que aparece en Guantánamo y Holguín llamada kiribá, donde el paso se valsea, el torso se mantiene erguido y los movimientos no son bruscos.

El sucu-sucu: Surge en la Isla de Pinos –hoy municipio especial Isla de la Juventud–. Su nombre corresponde tanto a la música como al baile y a la fiesta donde se interpreta. Se atribuye al sonido de los pies deslizados sobre el piso de madera. Presenta influencias de Jamaica y de las Islas Caimán –a partir de la round dance que llevaron los caimaneros que poblaron ese territorio insular–. Se cree que fue precedido de otro son llamado cotunto, interpretado por los campesinos pineros.

Musicalmente el sucu-sucu es muy similar en la estructura formal, melódica, instrumental y armónica al son montuno.

Rumbitas campesinas o sones miméticos: Son bailes que desde el siglo XIX se ejecutaban en las provincias centrales de Ciego de Ávila, Cienfuegos, Villa Clara, las orientales de Las Tunas y Holguín y las occidentales de Pinar del Río y La Habana.

Presumiblemente tuvieron en un inicio base musical en la contradanza y la habanera, pues algunos de sus títulos dieron origen a diferentes sones de este tipo, como “Pica-pica”, “El papalote”, “La caringa”, entre otras. Se desarrollan en las fiestas de bandos, donde el rojo y el azul compiten en canto, música y baile, durante celebraciones regionales.

El catálogo de este tipo de sones es muy amplio: muchos tienen nombres de animales como “El gavilán”, “La culebra”, “El chivo capón”, “El perico ripiao”, “El rabo del macho”; otros llevan nombres de personas como “Tumba Antonio” (también llamado “Zumbantonio” o “Zumbantorio”), “La chismosa” o “Doña Joaquina”; algunos se denominan a la manera de juegos infantiles como “El papalote”; y otros reciben títulos regionales como “La caringa”, “La sirivinga”, “El zumbalé”, “La chindonga”, “El nengón”, “La carambolita”, entre otros.

Todos estos sones, respetando el paso básico, se desarrollan en parejas, por lo general con agarre abierto, tomados sus miembros por una sola mano o completamente sueltos. Puede desarrollarse en hileras y cada uno posee una dramaturgia diferente que relata historias que se mimetizan con el baile.

En el aspecto musical, el son comenzó su popularidad nacional alrededor de 1910, cuando el músico José Urfé lo introduce en la tercera parte de su danzón “El bombín de Barreto”, luego de haberlo escuchado en Oriente, siendo una de las primeras transformaciones que sufrió el baile nacional cubano. A partir de ahí, conjuntos como el Cuarteto Oriental, el Sexteto Habanero y, sobre todo el Trío Matamoros y el Septeto Nacional, con sus presentaciones y sus discos, crearon una verdadera revolución en los salones de baile, que se expandió desde la década de 1930 con los sextetos Boloña, Occidente, Típico Oriental, Jiguaní y la Orquesta Havana Casino, la cual lo llevó a Estados Unidos para salir al mundo, sobre todo en la voz de su cantante Antonio Machín con el son-pregón “El manicero” de Moisés Simons.

A partir de la década de 1940, el son amplía el formato musical. Nacieron nuevos conjuntos, jazzbands y ritmos que le dieron nuevas formas expresivas, como hiciera el tresero Arsenio Rodríguez, “el ciego maravilloso”, con la incorporación y preponderancia de otros instrumentos, sobre todo el tres, el piano y la trompeta de Félix Chapotín. Este formó su propia orquesta en 1950 a partir de la de Arsenio, con la cual siguió la tradición sonera, continuada por las orquestas América, Sonora Matancera y cantantes como Benny Moré, Abelardo Barroso, Celia Cruz, etcétera.

El son también influyó en las letras, con poetas como José Zacarías Tallet y Nicolás Guillén –este último, con poemarios como Motivos de Son de 1930. 

 

Bibliografía

Giro, Radamés: Diccionario enciclopédico de la música en Cuba, 4 t., Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2007.

Linares, María Teresa: El sucu-sucu en Isla de Pinos, Academia de Ciencias de Cuba, serie Isla de Pinos, La Habana, 1970.

Orovio, Helio: Diccionario de la música cubana, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981.

Santos García, Caridad y Nieves Armas Rigal: Danzas populares tradicionales cubanas, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2000.