Teatro Alhambra

Teatro, Cuba

Teatro Alhambra. El teatro Alhambra abrió sus puertas el 13 de septiembre de 1890, en la esquina habanera de las calles Consulado y Virtudes, en un espacio que antes habían ocupado un gimnasio y un salón de patinaje con adversa fortuna. El programa inaugural comprendía dos obras líricas. Pero la competencia del cercano Teatro Albisu, con similar línea, le resultaba perjudicial.

El 21 de febrero de 1891 sus empresarios inauguraron una temporada en una vertiente distinta, en que las obras de sabor criollo y las escenas picarescas marcaban la pauta. La prensa de la época pronto les atacó por la mala calidad de las puestas en escena y en defensa de la moral y las buenas costumbres.

En 1899, durante la primera intervención norteamericana en Cuba, el teatro cambió su nombre por el de Casino o Jardín Americano y en él funcionó un music hall, hasta que en 1900 el actor y director José López (Pirolo), el libretista Federico Villoch y el escenógrafo Miguel Arias formaron empresa y alquilaron la instalación, devolviéndole su nombre anterior. El 10 de noviembre del mismo año iniciaron la que sería una de las temporadas más extensas de la historia teatral, pues ofreció programaciones diarias -salvo en los breves períodos en que el poder de turno cerraba el teatro- hasta el 18 de febrero de 1935.

Con un programa de tres tandas diarias, el teatro Alhambra consiguió triunfar sobre todos sus competidores y llegar a imponer un estilo reconocido como "alhambresco". Retomó el legado del teatro bufo cubano y lo actualizó de acuerdo con los contextos sociales y estéticos para desarrollarse como institución. Además del sainete, el apropósito, el monólogo y el diálogo cómico, fue la revista, de mucha popularidad en la escena internacional del momento, uno de los principales pivotes de su repertorio, generalmente en diálogo creador con otras formas genéricas de larga estirpe como el sainete, enriquecido con una partitura musical de mayor complejidad y una visualidad más elaborada.

La música del Alhambra, a cargo de los maestros Manuel Mauri (hasta 1912) y Jorge Anckermann (de 1912 a 1935) resultó uno de los valores incuestionables de la empresa. Géneros musicales diversos, donde se lucía la amplia gama que informaba ya la música cubana, integraron su escena. Desde allí se difundieron y pusieron de moda varios de ellos, así como otras creaciones singulares, consideradas hoy piezas antológicas del patrimonio cultural cubano.

La escenografía esplendente, laboriosa, y un trabajo de tramoya, con efectos de gran espectáculo, de los escenógrafos Manuel Arias, José «Pepe» Gomís, Nono Noriega y Antonio Gattorno –al que mucho parecen haber contribuido el cinematógrafo y la escena norteamericana- caracterizaron las puestas en escena y fueron elementos fundamentales de su éxito. A ello se sumaba el talento y el oficio de escritores e intérpretes; los primeros, encabezados por Federico Villoch, Gustavo y Francisco Robreño Puentes, quienes se encargaron de llevar a la escena los sucesos más significativos de la actualidad nacional e internacional, mediante las fórmulas del costumbrismo y recursos como la parodia y la sátira social y política. Entre los segundos se destacaron José Pirolo y Regino López, Joaquín y Gustavo Robreño, en una relación que sería interminable.

De acuerdo con sus propias figuras, actuar en el Alhambra significaba un importante paso en la carrera de cualquier actor. Era el teatro más famoso y visitado por los cubanos de cualquier zona del país, y por relevantes personalidades extranjeras. Sus elencos resaltaban por su gran histrionismo, su integración de conjunto y su elevada capacidad de improvisación. Estas características, junto al erotismo y la crítica política, hacían las delicias del público.

Como parte de su estrategia competitiva, la empresa tenía por norma extender las presentaciones a los escenarios de los teatros Payret y Nacional, con espectáculos «blanqueados» para poder ser disfrutados por todos los ciudadanos sin atentar contra las costumbres. Durante esas temporadas las funciones no se detenían en la instalación de Alhambra, sino que continuaban con un reparto conformado con las mejores figuras del género procedentes de otros conjuntos.

A lo largo de más de tres décadas de actividad su repertorio conformó un fresco de la historia nacional, en el cual dialogaban perspectivas políticas diversas. Los estudiosos estiman que las mejores etapas del Alhambra estuvieron relacionadas con el auge de la economía nacional, y que sus años de esplendor abarcaron el segundo y el tercer decenio del siglo.

Pero desde finales de los años veinte era manifiesto el descenso de la calidad del Alhambra, y cuando, al terminar la última tanda del 18 de febrero de 1935, se desplomaron el pórtico y una parte de la sala de lunetas, el teatro cerró sus puertas definitivamente. Más tarde la instalación fue transformada en cine con el nombre de Alcázar, y, curiosamente, en ese mismo lugar de la geografía habanera se inauguró en 1963 el Teatro Musical de La Habana.

El Alhambra es una de las leyendas más fecundas del teatro cubano. En ello colaboraron su relación con la identidad y la historia nacional y su larga vida, que debió a la hábil gerencia de sus empresarios. Aún se percibe su impronta en la escena y el público cubanos.

 

Bibliografía

Teatro alhambra. Antología. Biblioteca básica de Literatura cubana, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1979.

Leal, Rine: La Selva Oscura, de los bufos a la neocolonia, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1982.

Martiatu, Inés María (compiladora): Bufo y nación. Interpelaciones desde el presente. Ed. Letras cubanas, Ciudad de La Habana, 2008.

Robreño, Eduardo: Historia del teatro popular cubano. Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, La Habana, 1961.