Zarzuela Cubana

Teatro, Cuba

Zarzuela Cubana. El arte lírico tiene una larga y rica tradición en Cuba, de la cual participan la ópera, la opereta, la zarzuela española y la zarzuela nacional.

Las primeras informaciones acerca de la actividad zarzuelística en la Isla se relacionan con el primer teatro construido en ella: el Coliseo, que abrió sus puertas en 1776. Un documento, a través del cual se solicitaban reformas en el teatro, dice que las zarzuelas se hallaban entre los espectáculos ofrecidos en él desde su inauguración. Se sabe que en 1791 se representó la zarzuela El alcalde de Mairena, de Joseph Fallotico, un autor por entonces residente en La Habana.

Entre 1792 y 1800 la información acerca de representaciones teatrales es harto escasa, aunque no afirma la desaparición del género de la escena entre el final del siglo XVIII y las décadas iniciales del XIX. Sí se conoce de este período la brillante presencia de otro género lírico: la tonadilla escénica.

En ese lapso, la zarzuela decayó en España ante el empuje de la ópera, la tonadilla, y otros géneros escénicos. Similar proceso se dio en Cuba, dado su estatus colonial. Durante el auge de la tonadilla en la Isla, de 1790 a 1830, los más de doscientos títulos aparecidos en la prensa coincidían en su mayoría con los más famosos de la península.

La tonadilla comenzó a declinar en España y sobrevino el auge de la zarzuela española. Como consecuencia, desde 1850 hasta las primeras décadas del XX, la zarzuela tomó parte en la vida escénica cubana en espacios diversos: teatros, sociedades y liceos.

Las temporadas zarzuelísticas del Teatro Tacón a lo largo de 1853 presentaron a la primera generación de restauradores del género en España: Rafael Hernando, Mariano Soriano, Cristóbal Oudrid, Francisco Asenjo Barbieri, Joaquín Gastambide, Emilio Arrieta. Junto a sus títulos fueron apareciendo otros producidos en Cuba, con música y bailes cubanos y firmados por autores del patio, como es el caso de Rafael Otero con su Apuros de un bautismo. Hasta las primeras décadas del XX, la zarzuela española se mantuvo en los escenarios cubanos de todo el país, reveladora de una conexión estrecha con el curso de esta creación en España, en tanto a la par crecía, poco a poco, la presencia de la cubana.

En los géneros cubanos relacionados con la tonadilla, se fue organizando la futura zarzuela cubana. La existencia de un teatro y una música nacionales permitieron su surgimiento. A ella tributaron el sainete musical criollo, iniciado casi con el propio siglo XIX; el desarrollo del teatro musical popular cubano durante el auge del teatro bufo, su renovación a fines de siglo y la reelaboración de tal herencia protagonizada por el Teatro Alambra durante los primeros treinta años del XX.

Resultado de todo ello fue el período de esplendor del teatro lírico cubano que mostró sus primeras señales indiscutibles en el año 1927, cuando el Teatro Cubano pasó a ser Teatro Regina y la empresa de la cual formaba parte el compositor Ernesto Lecuona realizó su primera temporada. La obra seleccionada fue Niña Rita, con libreto de Aurelio G. Riancho y Antonio Castells y música de Lecuona y Eliseo Grenet.

El éxito obtenido impulsó a Lecuona a crear El cafetal, también estrenado en el Regina, seguido por María la O, representada en el Teatro Payret en 1930.

El 7 de agosto de 1931 dio inicio en el Teatro Martí una fecunda temporada que duró hasta el 2 de noviembre de 1936, auspiciada por la empresa Suárez- Rodríguez (del comerciante Manuel Suárez Pastoriza y el teatrista Agustín Rodríguez), con la participación de los maestros directores y concertadores Gonzalo Roig y Rodrigo Prats.

En el año 1932 tuvo lugar en su escenario un suceso teatral de incalculable trascendencia con el estreno de la zarzuela Cecilia Valdés (Gonzalo Roig/ Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla), con más de cien representaciones consecutivas. Le había antecedido: Soledad (Rodrigo Prats/ Miguel A. Macau). Le siguieron: Rosa la China (Ernesto Lecuona/Gustavo Sánchez Galarraga); El Clarín (G. Roig/ Agustín Rodríguez y J. Sánchez Arcilla); La Habana que vuelve (Jaime y Rodrigo Prats/ Antonio Castells); La hija del sol (G. Roig/ A. Rodríguez y J. Sánchez Arcilla); María Belén Chacón (R. Prats/ J. Sánchez Arcilla); La Emperatriz del Pilar (Jorge Anckermann /Federico Villoch); Amalia Batista (R. Prats/ A. Rodríguez).

En el repertorio de la agrupación, conformado por revistas, sainetes, comedias, la zarzuela ocupó un lugar muy especial. De hecho, la Compañía Cubana de Zarzuelas del Martí estrenó una serie de títulos de este género que en la actualidad constituyen la zona más valiosa del patrimonio escénico lírico cubano.

A este movimiento zarzuelero los estudiosos lo reconocen como «zarzuela cubana de nuevo tipo» o «nueva zarzuela cubana».

Entre las características principales de esta expresión se hallan la elaboración lineal de sus argumentos en dos vertientes contextuales: el tratamiento de sucesos del presente o la reconstrucción de determinados acontecimientos y relaciones correspondientes al pasado, remitido generalmente a la vida colonial del siglo XIX. Algunos especialistas diferencian otras dos variantes genéricas: una, cómica, con libretos eminentemente saineteros, y otra, trágica, marcada por el destino fatal de sus protagonistas, entre los que con frecuencia se halla una mulata de extracción popular, vértice de un triángulo amoroso. Sin embargo, aún en este caso, el elemento cómico está presente. La nueva zarzuela cubana entreteje las tramas dramática y cómica a cargo de los personajes protagónicos y secundarios, respectivamente, y brinda espacio a la reaparición, en esta última, de la célebre tríada bufa formada por el gallego, la mulata y el negrito, acompañados por otros tipos como el guajiro, el chino, el viejo verde, entre otros. Es así como caracteres y situaciones propias del teatro bufo perviven en los más altos exponentes de nuestro teatro lírico.

Los especialistas también hablan de la presencia del lenguaje operístico en la zarzuela cubana en lo referente a los caracteres protagónicos. La elaboración vocal privilegia los personajes femeninos como resultado de la escasez de voces masculinas en las agrupaciones líricas durante la época.

De manera general sobresale el valor de su música, de una calidad muy superior a la de sus libretos, para dar fe de la esencia proteica de sus principales compositores y de la riqueza, variedad rítmica y genérica de la música cubana. Sus partituras recrearon géneros y especies de la música popular, algunos de los cuales se hallaban en decadencia, e incluso, en desuso, como la guaracha, la habanera y la contradanza criolla. Varias de sus piezas han llegado a ser símbolos identitarios de la música cubana en diversas zonas del planeta.

Hacia los años cuarenta este particular momento de la producción zarzuelera halló su culminación. Las obras correspondientes al período 1927-1937 constituyen lo mejor del teatro musical cubano a la vez que conforman un teatro lírico de excepción en el panorama de América Latina y el Caribe.

Desde el punto de vista de la creación resulta un género prácticamente extinto luego de la primera mitad del siglo pasado. No obstante, aún se continúan representando, con el decidido respaldo del público, las zarzuelas cubanas de este período cumbre en la historia del género.